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El nacimiento del cine

La época muda

Se considera que el cine nació oficialmente el 28 de diciembre de 1895. Aquel día, los hermanos Lumière mostraron, en sesión pública, sus films a los espectadores del Salon Indien de París. En uno de ellos, La llegada de un tren a la estación de Ciotat, se mostraba el efecto de una locomotora en marcha que parecía salir de la pantalla. Había nacido la cinematografía. Sin embargo, el éxito inicial se fue apagando por el cansancio del público.

Las primeras películas se centraban en momento cotidianos, sobre la vida laboral o familiar. Gracias a Georges Méliès el cine no acabó como un invento más entre tantos de aquella época. Méliès es el primer inventor de ficciones, podría decirse incluso de la ciencia-ficción: Viaje a la Luna (1902) y Viaje a través de lo imposible (1904) se encuentran entre las mejores muestras del inventor de los trucajes. Utilizaba técnicas como la sobreimpresión de una imagen sobre otra, las dobles exposiciones o las maquetas. A principios del siglo XX, el cine ya es una industria. Ha pasado de ser un invento para divertir a ser una máquina de hacer dinero. Es entonces cuando se extiende por el mundo.

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El «western» fue uno de los primeros géneros del cine americano. Durante muchos años, las películas del «Oeste» fueron las más rentables de la industria cinematográfica americana.

En Catalunya, Fructuós Gelabert se convierte en el padre de la cinematografía catalana y española (1897). Segundo de Chomón sigue los pasos de Méliès en su film El hotel eléctrico (1905), donde los trucajes son de los mejores de la época.

Como las películas eran mudas los rótulos en medio de las escenas iban explicando la acción o los diálogos. Y, a veces, un pianista daba el toque musical al espectáculo. Las barracas de los inicios del cine se convirtieron en salas elegantes y espaciosas donde comenzaban a acudir las clases altas y no sólo las populares.

Se comienza, por tanto, a realizar películas más cultas para este público burgués. En Francia el proyecto se llamó Films d’Art y consistía en títulos basados en obras literarias donde actuaban actores famosos del teatro. Tal como Edison en los EEUU, Charles Pathé marca en Francia el inicio de la industrialización del cine. Los films producidos por él alcanzaron un buen nivel de calidad gracias a la dirección de Ferdinand de Zecca, a quien se debe La Passió (1902) o El asesinato del duque de Guisa (1904).

En la casa Pathé debutó uno de los primeros grandes cómicos, Max Linder, que inspiró a Chaplin. A Pathé le aparece un rival igualmente francés, Léon Gaumont, que contrata el director Louis Feuillade, especializado en el género de terror.

Siguiendo las huellas galas, en Inglaterra aparece la llamada Escuela de Brighton, formada por los fotógrafos Smith, Williamson Y Collins, que se interesan por los temas de persecuciones y bélicos; utilizan nuevos recursos técnicos fundamentales para la gramática cinematográfica. En EEUU, en 1903, Asalto y robo de un tren, de Edwin Porter, inaugura el cine del Oeste ―continuado después por T.H.Ince― y utiliza el montaje simultáneo. Los espectadores aprenden un nuevo lenguaje, el cinematográfico, que consiste en relacionar las imágenes a través de la continuidad. La base de este nuevo lenguaje es el montaje.

Al convertirse en un gran espectáculo popular, que supera las barreras sociales e idiomáticas ―en un país de inmigración formado por multitud de lenguas y etnias―, el factor negocio entra en acción. Con el fin de monopolizar el mercado cinematográfico y acabar con sus competidores, Edison envía a sus abogados contra los explotadores de aparatos cinematográficos. Se trata de La Guerra de las Patentes (1897-1906) que, después de una época de procesos, clausuras de salas, confiscación de aparatos y momentos de violencia, finaliza con la victoria de Edison.

Esto afecto negativamente a los productores independientes, que marchan al otro lado del país para huir del inventor-negociante. Y allí, en California fundan Hollywood. Se levantarán entonces las grandes productoras que harán de la historia del cine norteamericano.

Entre los diversos países donde el cine ya es una realidad, Italia es uno de los avanzados en la concepción del cine como espectáculo. Y las películas de grandes reconstrucciones históricas serán el mejor medio para hacerse con el público. El título más destacado fue Cabiria (1913), de Giovanni Pastrone. Grandes escenarios y muchos extras encarnando a romanos o a cartagineses conforman esta producción, colosal para la época. Esta concepción del cine influirá positivamente en los cineastas norteamericanos.

Los maestros del periodo mudo

David Wark Griffith fue el gran fijador del lenguaje cinematográfico. Sus innovaciones en la manera de narrar una película revolucionaron el séptimo arte: En sus obras maestras El nacimiento de una nación (1914) e Intolerancia (1915), se dividía el film en secuencias, mostraba acciones en paralelo, cambiaba el emplazamiento y el ángulo de la cámara, variaba los planos, usaba el flash-back o narración de un hecho ya pasado. Pero, sobre todo, Griffith asumió que el montaje era el instrumento expresivo más importante con que contaba el cine; que no servía sólo para ordenar secuencias y planos, sino también para emocionar el espectador.

Griffith llegó a influir a jóvenes cineastas de una geografía tan alejada de los EEUU como es Rusia. El triunfo de la revolución rusa en 1917 hizo pensar a sus dirigentes que el cine podría asumir un papel adoctrinante y propagandístico. Así que encargó a unos cuantos directores la creación de una nueva cinematografía en el país. Entre ellos destacaron Dziga Vertov ―kreador del Kino-glaz (cine-ojo)―, Serguei M.Eisenstein ―quien sorprendió al mundo con la fuerza de las imágenes y ña magistral utilización del montaje en su película El acorazado Potemkin (1925)―, V.Pudovkin, autor de La madre (1926), y A.Dovjenko, director de La tierra (1930). Son productos de vanguardia y experimentación formal. En estas primeras décadas aparecen directores que utilizan este nuevo medio de comunicación de masas para servir como medio de expresión de lo más íntimo del ser humano, utilizando una estética innovadora, de «vanguardia». En Alemania, los estilos «expresionista» y kammerspiel sorprenden por sus productos ambientados en escenarios irreales o futuristas. El gabinete del Dr.Caligari (1919), de Robert Wiene, Nosferatu (1922), de F.W.Murnau, Metrópolis (1926), de Fritz Lang, o M, el vampiro de Düsseldorf (1931), también de Lang, son los títulos más representativos.

Este cine, apareció después de la derrota de los alemanes en la Guerra Europea y el establecimiento de la humillante Paz de Versalles, refleja sus angustias y contradicciones. El país vive bajo la inestabilidad de la República de Weimar y de una gran crisis económica, situación de la cual aprovecharon los nazis. El trabajo de la iluminación ―llena de contrastes entre el claro-obscuro, la luz y la sombra― serán uno de los aspectos plásticos más innovadores.

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La transición del cine mudo al sonoro fue el fin de muchos artistas. Marlene Dietrich triunfó en ambos, siendo un mito del cine mundial.

Al contrario que los alemanes, los cineastas nórdicos huyen de los interiores angustiosos y toman como escenario natura de sus dramas el paisaje y los exteriores. Destacaron gente como Sjöström, Stiller o Dreyer; éste último dirigió la obra maestra La pasión de Juana de Arco (1928). En el caso de Francia, Louis Delluc fue el principal promotor del impresionismo cinematográfico galo, corriente de vanguardia en la cual contribuyeron L’Herbier, Dulac y Epstein; éste último dirigió La caída de la casa Usher (1927). ―film donde la técnica de proyección se anticipó al Cinerama― y Jacques Feyder, director de La Atlántida (1921).

Por su parte, el estilo «surrealista» busca expresar el subconsciente de manera poética. En esta corriente vanguardista se expresa cinematográficamente a través de la obra de Luis Buñuel y el pintor Salvador Dalí. El cine americano apuesta más por el beneficio material que por la estética o la poesía visual. Una pequeña ciudad del Oeste americano, Hollywood, se había convertido en poco tiempo el centro industrial cinematográfico más próspero de los EE.UU. Grandes empresas se reunieron levantando sus estudios donde, además de filmarse las películas, se «construyen» las estrellas cinematográficas. Un hábil sistema de publicidad crea una atmósfera de leyenda alrededor de los ídolos del público, los actores y las actrices se convirtieron en mitos. Es el caso de Lilian Gish, Gloria Swanson, John Barrymore, Lon Chaney, John Gilbert, Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Mae West o Rodolfo Valentino. Se trata del Star System, sistema de producción basado en la popularidad de los actores por medio del cual se consiguen grandes beneficios.

Durante la Guerra Europea y aprovechando el descenso de producción en Europa por ese motivo, Hollywood se lanza a dominar los mercados mundiales. La década de los años 20 fue la época dorada del cine mudo americano: espectáculo, grandes actores, diversidad de géneros… Entre éstos destacó el slapstick o cine cómico: los pasteles de nata, las locas persecuciones, los golpes, las bañistas…; Mack Sennett descubrió a Chaplin, Lloyd, Turpin, Langdon… Quizás una reacción a la época difícil marcada por la Guerra Europea. Pero serán dos cómicos concretos quienes harán universal el arte de hacer reír en la pantalla: Charlot y Keaton.

Payasos geniales y, a la vez, críticos con la sociedad deshumanizada, Charlot, con La quimera del oro (1925) y Buster Keaton, con El maquinista de la General (1926) instauraron un nuevo tipo de cine.

De los grandes estudios salen grandes producciones; algunas de ellas muy espectaculares, como Los diez mandamientos, de Cecil B. de Mille (1923) o Rey de Reyes (1927); y también obras maestras de cineastas extranjeros establecidos en Hollywood, como Erich Von Stroheim, autor de Avaricia (1924).

La época sonora

El 6 de octubre de 1927 sucede un hecho revolucionario: nace el cine sonoro. El cantor de jazz, de Alan Crosland, fue una de las primeras producciones; en ella podía escucharse al actor Al Jolson cantando. Se iniciaba una nueva era para la industria del cine y para los actores: muchos de ellos decayeron al conocer el público su verdadera voz, desagradable o ridícula, que no correspondía con la apariencia física. Los estudios tuvieron que replantearse nuevas e importantes inversiones para reconvertirse en sonoros. También los técnicos y los cineastas cambiaron de forma de hacer y de pensar. Y los actores y actrices tuvieron que aprender a vocalizar correctamente. En España, los primeros estudios sonoros, los Orphea, fueron inaugurados en Barcelona en 1932. La implantación del sonoro coincidió con el crack económico de 1929 que ocasionó una Gran Depresión en los EEUU. El cine se convirtió en una huida de los problemas cotidianos. Hollywood se dedicó a producir títulos basados en los géneros fantástico, la comedia, el musical o el cine negro, con el fin de exhibir productos escapistas. Es el momento de directores como Lubitsch, autor de Ser o no ser (1942); Capra, maestro de la comedia americana, con títulos como Sucedió una noche (1934) o Vive como quieras (1938); Hawks, director de Scarface (1932); Cukor, autor de Historias de Filadelfia (1940); John Ford, conocido sobre todo por sus westerns épicos, como La diligencia (1939); o Josef von Sternberg, cineasta alemán que dirigió El ángel blau (1930). Una excepción del cine escapista es King Vidor, cineasta sensible a los problemas de las capas populares, como refleja en El pan nuestro de cada día (1934). En Alemania es G.W.Pabst quien cultiva un cine social. Este compromiso estético con los menos favorecidos fue más fuerte en Europa. En Francia, coincidiendo con el Frente Popular, Jean Renoir mostraba la vida cotidiana y laboral de los trabajadores, incluso utilizando obreros reales como protagonistas sus films, un buen ejemplo es La regla del juego (1939), que, además de su carga de naturalismo, supuso nuevas aportaciones estéticas. Otros cineastas del realismo poético fueron Jacques Feyder, Jean Vigo, Marcel Carné y René Clair.

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Las primeras producciones del cine sonoro americano eran musicales como El cantor de Jazz. Durante la depresión fue uno de los géneros más solicitados por el público.

Muchas de las nuevas estrellas de cine proceden del teatro o del musical. Nombres como Marlene Dietrich, Greta Garbo, Claudette Colbert, Olivia de Havilland, Gary Cooper, Clark Gable, Errol Flynn, Jean Gabin, Edward Robinson o Humphrey Bogart se han convertido en mitos.

El cine en color llega en 1935 con La feria de las vanidades, de Rouben Mamoulian, aunque artísticamente su plenitud se consigue en el film de Victor Fleming, Lo que el viento se llevó (1939). El cine de animación se fue implantando entre los gustos del público, especialmente entre los más pequeños. Walt Disney es el creador americano predilecto en esta época. Una de las especialidades más estimadas por el público son los trucajes. La ubicación de castillos en paisajes donde no han existido, a partir de cristales pintados, o la recreación de un gorila gigante a partir de un simio pequeño o de maquetas, el toque de la decoración, el maquillaje o el vestuario son muestras de ello.

Frente a directores con planteamientos principalmente comerciales, hacen aparición otros con nuevas inquietudes estéticas. Es el caso de Von Stroheim, Hitchcock o Orson Welles; éste último realizó las obras maestras Ciudadano Kane (1941) y El cuarto mandamiento (1942). Mientras tanto en Europa las cinematografías de los países con gobiernos totalitarios se orientan hacia un cine políticamente propagandístico, con frecuencia fallido artísticamente, como es el caso del fascista. Respecto al Estado soviético, sigue siendo una excepción el cine de S.M.Eisenstein, como lo demuestran los films Alexander Nevsky (1938) e Iván el Terrible (1945). Cuando la Segunda Guerra Mundial estalla, el cine se basa en la propaganda nacionalista, el documental de guerra o el producto escapista.

La postguerra

Al terminar la guerra, en una Italia destrozada, aparece el llamado cine «neorrealista», de temática testimonial que refleja la realidad del momento, con pocos medios y preocupado por los problemas del individuo de la calle. Roma, ciudad abierta (1944-46), de Rossellini, El ladrón de bicicletas (1946), de Vittorio De Sica, o La terra trema (1947), de Visconti, se enmarcan en esta línea. Incluso los norteamericanos se aficionaron a filmar historias fuera de los estudios, aprovechando los escenarios naturales; el «cine negro» ―policíaco― fue uno de los géneros que más se rodó en las ciudades.

En los EEUU las películas mantienen un tono pesimista donde los personajes reflejan los padecimientos y angustias de la guerra o las consecuencias de esta, pero también se ruedan comedias y musicales porque el público ―a la vez― necesita «olvidar». Cuando en 1947 se inicia la Guerra Fría entre Occidente y la URSS, en los EEUU comienza un período de conservadurismo político que llega a afectar a Hollywood, especialmente a los cineastas de izquierda, que son perseguidos, denunciados y condenados. A este período, que se prolongó hasta 1955, se le conoce como «mccarthysmo» o «cacería de brujas». Algunos, como Chaplin o Welles, optaron por el exilio.

Los años 50 representan para los norteamericanos una nueva época de bienestar que cambia el estilo de vida, sobre todo las formas de ocio. El televisor fue un fuerte competidor para el cine. La mejor forma para combatirlo es ofrecer al público lo que la pantalla pequeña no puede: espectacularidad; la pantalla crece, se proyecta en color y el sonido se convierte en estéreo. Aparece el Cinerama, el Cinemascope, el relieve, la VistaVision…

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En la década de 1970, Steven Spielberg, uno de los grandes cineastas americanos, retomo las grandes superproducciones filmando películas como E.T. y Encuentros en la tercera fase.

Se imponen los musicales ―como Cantando bajo la lluvia (1952), de S.Donen y G.Kelly―, y las superproducciones, con nuevos mitos de la pantalla que rompen los esquemas de comportamiento social convencionales: Marlon Brando, James Dean o Marilyn Monroe.

Es la década de los grandes melodramas y de la consolidación de los géneros, como en el caso del thriller; un buen ejemplo lo tenemos en Hitchcock Vértigo (1958) o La ventana indiscreta (1954).

Algunos países de África, como Egipto, o la Índia se han caracterizado por su capacidad de producción. Japón se ha distinguido, sobre todo, por la calidad de muchos de sus títulos y sus cineastas como Ozu, Mizoguchi y Kurosawa, éste último es el autor de Los siete samurais (1954). En todos ellos sorprende la concepción del tiempo cinematográfico y de la planificación.

A finales de los años 50, y siguiendo los pasos de directores innovadores como Rossellini, el cine francés se encontraba estancado por los productos clásicos de sus estudios. Surge entonces una nueva generación de realizadores, la nouvelle vague, un cine hecho con pocos medios, pero con fuerza innovaciones estéticas, como demostró el film de Godard, À bout de souffle (1959), que supuso una ruptura con el lenguaje cinematográfico habitual. Otros realizadores como Resnais, Truffaut, Camus, Chabrol, Malle o Rohmer siguieron los mismos pasos, aunque cada uno desde su estilo personal. Paralelamente aparece el «cinéma verité», de tendencia documentalista, que busca captar la vida tal como es.

A lo largo de los años 60 surgirán también nuevos cinemas: En Suecia, Ingmar Bergman asume un cine introspeccionista donde la psicología de las personas, sus angustias y sus dudas existenciales, pasa a ser el referente principal. En Italia, Antonioni, Pasolini, Bertolucci, Visconti y Fellini optan por un tipo de cine poético. Antonioni en La aventura (1960), indaga en el comportamiento de los personajes y Fellini se distingue por su cine rico en propuestas fantasiosas y oníricas; como muestra, Ocho y medio (1963) o "Amarcord" (1974).

En Gran Bretaña, el «free cinema» se encuadra dentro de la estética contestataria, crítica para con su sociedad puritana y clasista; plantea las inadaptaciones sociales que ocasiona la vida en las grandes ciudades industriales y la soledad del hombre contemporáneo. Los cineastas más representativos fueron Lindsay Anderson, Tony Richardson o Karel Reisz. En la Alemania federal, el «nuevo cine alemán» generó cineastas como Fleischmann, Kluge, Schlöndorff, Straub, Fassbinder, Herzog o Wenders. Hay que tener en cuenta en todos ellos la influencia del «mayo del 68».

En Latinoamérica, el nuevo cine va de la mano del despertar social del Tercer Mundo: en Brasil, Glaubert Rocha, Pereira Dos Santos y Ruy Guerra; en Cuba, Gutiérrez Alea, Octavio Gómez y Humberto Solas; y en Argentina, Solanas, Getino, Birri y Torre Nilsson, hacen la alianza entre estética y compromiso social. Este cine, juntamente con el que se hace en el resto de países subdesarrollados de los otros continentes ―como consecuencia del proceso descolonizador de los años 60―, se conoce como «cine del Tercer Mundo».

En aquellos países europeos bajo regímenes no-democráticos, una serie de cineastas defensores de las libertades aportan productos igualmente creativos. Es el caso de A.Ford, Wajda, Munk, Kawalerowicz, Zanussi o Polanski en Polonia; Meszaros, Gabor, Szabo y Jancso en Hungría; Forman, Menzel, Nemec o Txitylova en Checoslovaquia; Kozintsev o Txujrai en la URSS. También Buñuel (desde el exilio), Bardem, Berlanga y Saura en España; en este país se tienen que incluir las nuevas tendencias estéticas que aparecen en Catalunya, con la llamada «Escola de Barcelona».

En los EEUU, a partir de la década de los 60, la nueva generación de directores se forma en la televisión. Crean un cine narrativamente más independiente que el producido tradicionalmente por Hollywood; directores como Cassavettes, Lumet, Mulligan, Penn o Nichols. Muchos de ellos operaron desde Nueva York y crearon el cine underground, anticomercial, antihollywood y de vanguardia. Paralelamente, algunos géneros que requieren grandes inversiones, como las superproducciones o los musicales, ofrecen sus últimas grandes muestras.

Las últimas décadas

A finales de los años 70, y después de unos años de cine espectacular basado en el catastrofismo ―quizás como reflejo del retorno del peligro atómico―, se impone la recuperación de la superproducción. Georges Lucas -autor de "La guerra de las galaxias" (1977)- y de Steven Spielberg, realizador de "Encuentros en la tercera fase" (1977) son buenos ejemplos entre de ello. Otros directores apuestan por un cine igualmente comercial pero tratando con un estilo de realización muy personal y creativo, como Ford Coppola, Scorsese, Brian de Palma, Burton, Lynch... Se cuestiona todo ―como en el caso de los films sobre Indochina― o se retorna al pasado con nostalgia: abundan los remakes y el fantástico.

En los años 80, la aparición e introducción del vídeo, y el aumento de los canales televisivos por vías diferentes, hacen que el público vea más cine que nunca. Es preciso buscar de nuevo espectacularidad: películas con muchos efectos especiales atraen a los espectadores. Actores musculosos se convierten en héroes de la pantalla en títulos violentos cuando no reaccionarios. Frente a este cine consumista aparecen autores más preocupados por los temas políticos y, sobre todo, por la injerencia de los EEUU en otras zonas.

En España transición política acoge un nuevo cine sin censura, la llamada «movida madrileña», con figuras de la talla de Pedro Almodóvar, posmodernidad y esperpento se aúnan para dar paso a este nuevo tipo de cine del que también participa Berlanga.

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Woody Allen es un claro exponente del nuevo cine de autor americano durante los años ochenta. Rescató el género de la comedia y puso de moda la costa este americana ―especialmente la ciudad de Nueva York― como escenario cinematográfico.

Comenzada la década de los 90, la crisis de ideas se apoderó del cine norteamericano; que decidió inspirarse en los héroes del cómic, aprovechando las nuevas técnicas en los efectos especiales. Algunas series históricas de televisión serán objeto de versiones cinematográficas. Géneros como la comedia clásica, los grandes dramas, los dibujos animados, el fantastic o el western han retornado con fuerza; nuevos elementos como la sexualidad y la aparición de un nuevo grupo de actores jóvenes conocidos como la "generación X", además de actores infantiles intérpretes de películas familiares son los ingredientes con los que cuenta el cine. La comedia española y el resurgimiento del cine latinoamericano marcan la cinematografía hispanohablante.

Algunos países europeos reaccionan contra la enorme presencia comercial del cine norteamericano, mediante leyes que favorecen las producciones nacionales. En España, siguen apareciendo nuevos autores, como Julio Medem, Alejandro Almenábar, Fernando León, Benito Zambrano, Icíar Bollaín, Isabel Coixet...

Llegados a los cien años de cine, las nuevas tecnologías electrónicas y e informáticas se imponen en el tratamiento de las imágenes, y, a partir de este momento, las posibilidades ya son limitadas.

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