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Historia de la drogadicción

Antes de 1960, el uso de la droga como medio de evasión no se encontraba en ciertos sectores bajos de algunas ciudades.

Un adicto a la heroína de 30 años de edad, se expresa así: “Te digo: cuanto tomas H. ya no estas más en el “ghetto”. Estás en tu propio mundo, ya no ves las ratas. Ya no ves los escarabajos. Ya no puedes oler basura. Ya no tienes hambre. Los agujeros de tus zapatos ya no te molestan… Estás en tu propio cielo y deseas permanecer allí. Mientras permaneces “alto” nada te molesta. Estás es un mundo totalmente distinto”.

Posteriormente se ha generalizado la droga, que ha tomado las más variadas modalidades tanto de grupo como la diversidad de las mismas. Es innegable que esta problemática tiene sus más profundas raíces en situaciones del individuo, frente a su medio ambiente familiar y social.

Causas

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Aparecen en el escenario de las drogas el conflicto generacional entre padres e hijos, la crisis de la adolescencia con sus secuelas de traumas psicológicos, abulia, desilusión, rebeldía, la ansiedad por otro género de vida, las reacciones de los jóvenes contra el “establecimiento de los mayores” y toda una gama de circunstancias alimentadas por un falso concepto de libertad. La drogadicción, como problema, debe entenderse como un subproducto del plano socio-cultural de nuestra época, que merece toda la atención de los jóvenes para prevenir y de los mayores para cambiar formas y proyecciones de su autoridad, compresión y responsabilidad frente a las nuevas generaciones.

Hay un elemento que aglutina y solidariza a la juventud entorno a inquietudes similares, es la ”angustia existencial” que sirve como factor existencial para lograr en ella la identidad y solidez del grupo.

Muchos jóvenes se dejan engañar por falso concepto de liberación contra los sistemas políticos, sociedad de consumo, autoridad en los padres y en los mayores y se lanzan a la búsqueda de la aventura a través del peligroso laberinto de la drogadicción. Caen en una esclavizaste alineación que los domina, y crea en ellos una dependencia y necesidad, de la que difícilmente se pueden librar.

Estos jóvenes se convierten en auténticos explotados: por los narcotraficantes, las mafias internacionales que ven en ellos sus mejores consumidores, por las aberraciones sexuales que hallan en ellos y en ellas su mejor presa, por la policía que los controla y por quienes se valen de ellos para fines de oscuras intenciones. Esta situación del drogadicto es la causa de la patología ansiosa, e inclusa, delirante, tanto como el mismo efecto de los productos ingeridos e inyectados.

La relación de esos adolescentes con su sexualidad es también particular; el problema de la droga es también fundamentalmente un problema de transgresión. Ahora bien: ésta no puede verificarse ya en el plano sexual, porque es ampliamente tolerada por el padre y alentada por la sociedad ; por esos la transgresión, se verifica entonces en el plano de la droga, que es uno de los fantasmas terroríficos de nuestra sociedad.

Pero existe una especie de vuelta justa de las cosas; poco a poco la droga se transforma en auto-placer casi exclusivo, es la única satisfacción narcisista posible a menos que entonces se revele homosexualidad con frecuencia latente—, y el sujeto, que muchas veces se había emancipado sexualmente, vuelve a una sexualidad infantil, juvenil, preadolescente, aunque no se puede negar el placer, semejante a un orgasmo generalizado, que procura la inyección de heroína o de anfetaminas, por ejemplo.

En realidad, si desde fuera parece que esas nuevas comunidades violan alegremente todos los tabúes de nuestra sociedad adulta y juegan con todos los peligros que nos aterran: policía, leyes, sexualidad, prohibiciones diversas, es porque, en definitiva, se trata frecuentemente de la vuelta a un cierto tipo de infantilismo con ciertos ritos propios de los “boys scouts”: contemplad en las playas de Eilath, en Israel o de Goa, en la India, a esas decenas de jóvenes drogados, congregarse alrededor de una fogata y cantar, quizá sea la vuelta a la naturaleza o a una sociedad más sana, pero también es la forma clásica de todo grupo primitivo o juvenil. Con ciertas excepciones, tenemos ahí una dificultad constante para afrontar la misma soledad exterior, especialmente si se permanece internamente muy solo. La experiencia psicodélica quizá sea un viaje a extraños países, pero se trata en todos los casos de viajes en grupos, a manera de circuitos organizados.

Así mismo las coartadas religiosas y el misticismo rebuscado de las experiencias colectivas, si fundamentalmente significan la denuncia del vacío ideológico y espiritual de nuestras sociedades, no significan menos una búsqueda constante de protección, semejante a la que desea todo niño. También habría muchos que decir sobre el sentido de la manera de vestir de esos jóvenes. Desde luego, puede tratarse de fastidiar a los burgueses; pero el gusto de los adornos, de lo que relumbra, de lo diferente, es también una manera de afirmar una personalidad, que se revela enclenque en otros aspectos; es también el gran juego scout: uno de disfraza de indio y se es realmente indio.

A más de los factores antes indicados, conviene saber que hubo, especialmente en los Estados Unidos, movimientos aglutinantes de los drogadictos. Uno de ellos es el llamado “movimiento sicodélico”. Fue iniciado por dos profesores: el Doctor Timothy Leary y el Doctor Richard Albert en 1960, quienes introdujeron a más de 10.000 estudiantes a la Universidad de California a tomar L.S.D y hongos, cuyos resultado afectan profundamente a la siquis del drogadicto con alucinantes, colores y sonidos.

Posteriormente apareció el movimiento de los “hippies” que en todas las latitudes ha encontrado adeptos para sacrificar los años más hermosos del ser humanos en aras de la drogadicción. Los vemos concentrarse en los suburbios de las ciudades de Israel, en la plaza Dam de Ámsterdam, a orillas del Sena, en las calles peligrosas y alegres de New York, en lugares estratégicos de nuestras ciudades latinoamericanas, o en campamentos cercanos a los cultivos de marihuana y de hongos.

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